Artículo
Vino en cumplimiento de la profecía
Parte 1 de 2
Pastor Dr. John C. Lawrenz
Presentado originalmente en un simposio en el Dr. Martin Luther College, 1993 · Parte 1 · Parte 2
Los cristianos tienen esto en común: saben que el Señor Jesucristo lo es todo para ellos. Su primera venida da sentido a todo. Su segunda venida resolverá toda cuestión. Desde la eternidad, Dios Padre planeó la venida de su Hijo. El Hijo siguió obedientemente el guion del Padre. Dios Espíritu Santo mantiene informado al mundo por medio de portavoces humanos. Los apóstoles declaran: «No os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas» (2 P 1:16). Como testigos oculares, nos transmiten los hechos ciertos acerca de «todas las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar, hasta el día en que fue recibido arriba, después de haber dado mandamientos por el Espíritu Santo a los apóstoles que había escogido» (Hch 1:1-2). Sin embargo, este testimonio ocular de los apóstoles es solo uno de los dos que tenemos para fortalecer y confirmar nuestra fe. «Tenemos también la palabra profética más segura» (2 P 1:19). Tenemos la profecía cumplida.
La profecía proclama y anticipa; de ahí el aforismo: los profetas proclaman y los profetas predicen. Cuando la profecía proclama, es firme como la roca.1 Abarca las grandes verdades del pecado del hombre y de la gracia de Dios. Sin embargo, cuando la profecía anticipa, es incompleta, aunque sigue siendo igual de firme. La profecía requiere cumplimiento. Hasta que Jesús nació, su vida y su obra eran algo que «todavía no» había llegado. A los profetas les bastaba con creer que el amor de Dios, que aún había de revelarse en toda su plenitud, era tan cierto como la existencia misma de Dios.
Con todo, ni Moisés, ni Isaías, ni David tenían un cuadro completo. Cuando estos hombres profetizaban acerca de un Salvador que aún no había venido, su fe se extendía hacia adelante. Los profetas anhelaban ver y oír a su Salvador en su plena revelación. Dios, en su sabiduría, dejó sin satisfacer el anhelo de los profetas. ¿Significa esto que las palabras de los profetas eran divagaciones etéreas e inconexas? No. Moisés, Isaías, David y los demás profetas no andaban a tientas, aferrándose a cualquier cosa. El Espíritu de Cristo obraba en ellos. Los profetas del Antiguo Testamento «inquirieron y diligentemente indagaron acerca de esta salvación, escudriñando qué persona y qué tiempo indicaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos» (1 P 1:10-11).
La profecía al estilo de Dios era más que el pronóstico de un meteorólogo sobre el tiempo que hará mañana. Las palabras de un profeta se medían con una prueba sencilla, expuesta en Deuteronomio 18:14-22, especialmente en los versículos 21 y 22. Si un profeta anticipaba correctamente, Dios había hablado. Pero si se proclamaba un mensaje en nombre del Señor y no se cumplía, Dios no estaba con ese profeta, y sus palabras no debían creerse. A lo largo de los años, Dios fue componiendo un mosaico de lo que había de venir, profecía a profecía. Con el tiempo hubo lo suficiente para que las personas de fe vieran a Jesús como lo que era cuando vino.
Jesús mismo fue profeta. Sin embargo, porque era el Profeta, era distinto de los demás. Como ellos, proclamó. A diferencia de ellos, cumplió. Jesús sabía quién era y por qué había venido. El escritor de Hebreos nos dice que Cristo, «entrando en el mundo dice: […] “He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad, Como en el rollo del libro está escrito de mí”» (He 10:5, 7; citado de Sal 40:6-8). Él era Dios en carne humana, el testigo perfecto para revelar el amor perfecto de Dios. Sabía que él era Aquel a quien los profetas habían anticipado. «No penséis —dijo Jesús— que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir» (Mt 5:17). Jesús quería que el mundo supiera que él era la confirmación de todo lo que los profetas habían escrito. En el camino a Emaús, Jesús «les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían» (Lc 24:27). Jesús comenzó desde Moisés y recorrió todos los profetas. Tuvo tiempo de sobra para hacerlo: la caminata de siete millas de Jerusalén a Emaús probablemente llevó un par de horas. En la tarde del domingo de Resurrección, Jesús recordó a su círculo íntimo de discípulos que «era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos» (Lc 24:44). Antes había dicho enfáticamente: «De cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido» (Mt 5:18).
¿Les resultó fácil a los discípulos relacionar la profecía con su cumplimiento? ¡No de inmediato! Jesús reprendió a sus seguidores por ser «tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho» (Lc 24:25). Al igual que los profetas, los apóstoles necesitaban que el Espíritu de Cristo les abriera el entendimiento. Sin embargo, una vez establecida la conexión entre la profecía y el Señor Jesucristo, el cumplimiento de la profecía se convirtió en una fuerza preciosa y poderosa en la enseñanza apostólica. El apóstol Pablo escribió: «Las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza» (Ro 15:4). Pedro consideraba la profecía cumplida como «una antorcha que alumbra en lugar oscuro» (2 P 1:19).
El Nuevo Testamento está salpicado de citas y alusiones al Antiguo Testamento que unen a Jesús y la profecía. El uso que los apóstoles hacían del Antiguo Testamento podía variar. Mateo y los demás evangelistas llaman la atención sobre la profecía y su cumplimiento decenas de veces con fórmulas introductorias como «entonces se cumplió lo que fue dicho por el profeta» o «porque así está escrito». A estas palabras les siguen citas directas. Hay más de cuatro docenas de ellas en los Evangelios y en Hechos. Pedro y Juan citaron el Salmo 118:22 en Hechos 4:11 —«la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo»— para hacer ver al Sanedrín lo que los judíos habían hecho y lo que Dios había hecho de ello. Esteban, en Hechos 7, se valió de las narraciones históricas del Antiguo Testamento para defenderse de la acusación de que se oponía a la Ley y al Templo. Su compañero diácono Felipe ofreció al etíope una interpretación de Isaías 53 centrada en Cristo (Hch 8:32-33). Además de las citas directas, el Nuevo Testamento se hace eco del Antiguo en su elección de palabras y expresiones. Un buen ejemplo son las palabras pronunciadas desde el cielo en la transfiguración (Mt 17:5). «Este es mi Hijo amado» procede del Salmo 2:7; «en quien tengo complacencia», de Isaías 42:1; y las palabras finales, «a él oíd», de Deuteronomio 18:15.
¿Y qué hay de nosotros, que vivimos entre la primera y la segunda venida de Jesús? Tenemos la Palabra apostólica como testimonio incontrovertible del Jesús de la historia. Nuestra fe, nacida de la Palabra, se fortalece cada vez que oímos el testimonio de la Escritura acerca del nacimiento, la muerte, la resurrección y la ascensión de nuestro Señor. Creemos, aunque Jesús no está con nosotros en la carne como estuvo una vez con sus discípulos. ¿Por qué creemos? Porque el Espíritu de Cristo nos convence de que Jesús vivió, murió y resucitó por nosotros.
Algunos dirán que hubo otros que reclamaron para sí una misión espiritual. ¡También ellos son personajes históricos! ¿Qué hay de Gautama Buda y de Mahoma? ¿Qué hay de Zoroastro y de Confucio? ¿Qué hay de Joseph Smith y de David Koresh? Las religiones no cristianas han reclamado para sí las almas de las personas sobre la base de la ética, el carisma, la agudeza mental o la elevada sensibilidad moral de personas extraordinarias que surgen periódicamente en la historia. El cristianismo es diferente. Es la verdadera revelación del Dios verdadero por medio de un hombre verdadero, cuya venida fue anticipada por portavoces divinamente inspirados desde el mismo comienzo de la historia. El Señor Jesucristo es único. Él es el Verbo encarnado, como declara el capítulo inicial del Evangelio de Juan. Las religiones hechas por el hombre definen a Dios con palabras humanas, pronunciadas por lenguas humanas. Solo Dios se define a sí mismo. Él es el YO SOY EL QUE SOY de Éxodo 3:14. Las profecías acerca del Verbo encarnado prepararon el escenario para la vida única de Jesús. El testimonio de los apóstoles cierra de golpe la puerta a toda duda de que él es único. «Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro» (2 P 1:19).
Pero ahora surge la pregunta: ¿cómo estamos atentos a los profetas cuando hablan del Señor Jesucristo? ¿Cómo mantenemos encendida la lámpara de la verdad profética? Puesto que nuestra naturaleza pecaminosa combate contra el Espíritu de Cristo en nosotros, podemos plantear una pregunta mejor: ¿cómo evitamos apagar la luz de la profecía?
Pasar por alto la conexión entre los profetas y los apóstoles apagará la luz de la profecía. La Escritura es una unidad. Como los dos ojos de nuestra cabeza, cada testamento ve a Cristo. Uno anticipa. El otro cumple. Juntos nos dan una «percepción de profundidad» espiritual. Las profecías del Antiguo Testamento son como los hilos de un gran tapiz o como las pinceladas en el lienzo de un pintor. Si uno acerca la nariz a la obra de arte, no se ve gran cosa con claridad. Si se aleja, la escena resulta evidente e imponente. Cuando nos alejamos y prestamos atención tanto a la profecía como a su cumplimiento, podemos unirnos al profeta Isaías y al apóstol Pablo para decir: «Aquellos a quienes nunca les fue anunciado acerca de él, verán; Y los que nunca han oído de él, entenderán» (Ro 15:21; Is 52:15).
Otra manera de apagar la luz profética es usar el Antiguo Testamento para definir el Nuevo, en lugar de hacerlo al revés. Sabemos que uno de nuestros ojos es dominante. Así sucede con la Escritura. Acerca de la relación de pacto que Dios estableció con Israel en el monte Sinaí, el Nuevo Testamento declara: «El fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree» (Ro 10:4). La justificación de los pecadores por parte de Dios, por la fe y sin las obras, es el meollo de la cuestión. El relato veterotestamentario del Israel infiel es una prueba gigantesca de que los seres humanos no pueden cumplir un compromiso de fidelidad a Dios. Jesús no vino para ser un nuevo legislador y poner de nuevo a la humanidad bajo el yugo. Antes bien, vino como el único ser humano en toda la historia que podía ser santo y permanecer santo. Lo hizo para que Dios pudiera imputar a todos la justicia de su Hijo como un don gratuito. La palabra profética es como un magnífico marco alrededor de un hermoso cuadro del Salvador. Es un espléndido engaste para la deslumbrante joya de la vida perfecta de Cristo.
La Escritura nos ofrece una ilustración propia. El Antiguo Testamento es una sombra, mientras que el Nuevo Testamento es la realidad. Pablo lo dice en Colosenses 2:17, al tratar de las observancias ceremoniales del Antiguo Testamento: «Todo lo cual es sombra de lo que ha de venir; pero el cuerpo es de Cristo».2 El escritor de Hebreos (10:1) trata de los sacrificios de sangre del Antiguo Testamento, ordenados por Dios por medio de Moisés. Tales sacrificios pertenecen a la ley, que tiene solo «la sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las cosas».3
La verdad del Antiguo Testamento se despliega en el Nuevo. Las palabras de los profetas son capullos. Toda la flor está en el capullo, pero la verdad está apretadamente envuelta y parcialmente oculta. La verdad no se ve ni se aprecia plenamente hasta que la flor se abre. Jesús es la flor.
Otra manera más de sofocar el poder del testimonio profético es manipular el texto. La Palabra tiene la última palabra. El primero y el último de los escritores de la Escritura, Moisés (Dt 4:2; 12:32) y Juan (Ap 22:18-19), advierten solemnemente contra la manipulación de la Palabra de Dios. Nunca debemos encontrar en el mensaje de los profetas algo acerca de Cristo que añada a lo que los apóstoles proclaman claramente. Tampoco podemos quitar a los profetas todo el alcance de la comprensión inspirada que, impulsados por el Espíritu, aportaron al misterio de Cristo.
¿Cuánto del Antiguo Testamento es profecía? ¿Todo? ¿La mayor parte? ¿Algunas partes? ¿Solo aquellos pasajes que el Nuevo Testamento identifica claramente como profecía? La manera en que respondamos a esta pregunta influye en la interpretación.
Pablo afirma que en la casa de Dios estamos «edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo» (Ef 2:20). Así, Pablo enseña que dos grupos de autores pusieron el fundamento de nuestra fe. Los apóstoles eran testigos. Pero también lo eran los profetas. Los apóstoles sabían que la profecía no se limitaba a los dieciséis profetas escritores (de Isaías a Malaquías) a quienes de inmediato identificamos con la profecía. El escritor de Hebreos dice que «Moisés a la verdad fue fiel en toda la casa de Dios, como siervo, para testimonio de lo que se iba a decir» (He 3:5). El apóstol Pedro afirma: «Todos los profetas desde Samuel en adelante, cuantos han hablado, también han anunciado estos días… Vosotros sois los hijos de los profetas…» (Hch 3:24-25). De David dice Pedro: «Siendo profeta, y sabiendo que con juramento Dios le había jurado que de su descendencia, en cuanto a la carne, levantaría al Cristo para que se sentase en su trono, viéndolo antes, habló de la resurrección de Cristo…» (Hch 2:30-31). Moisés, Samuel y David son representantes idóneos de los hombres de Dios que hablaron desde las tres partes de la Biblia hebrea: la Ley, los Profetas y los Escritos.
¿Es ir demasiado lejos decir que todo el Antiguo Testamento es profecía? ¿No contienen los treinta y nueve libros del Antiguo Testamento historia, biografía, instrucción moral, sueños, discusiones y mucho más? Sí, los contienen. Estos ropajes de la humanidad anticipan la plena humanidad de Jesús, en particular aquellos detalles no registrados que, según nos dice el apóstol Juan, llenarían de libros el mundo entero (Jn 21:25). Sostenemos que en Cristo «habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad» (Col 2:9). Además, creemos al apóstol Pablo cuando dice: «Vosotros estáis completos en él» (Col 2:10). No, no es ir demasiado lejos decir que cada parte de la Escritura inspirada apunta de algún modo a Cristo y que, por medio de la Palabra de Dios, Antiguo y Nuevo Testamento, podemos apropiarnos de la plenitud prometida que Dios quiere que tengamos en Cristo. Tenemos este estímulo: «Persiste tú en lo que has aprendido y te persuadiste… las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús» (2 Ti 3:14-15). Lutero escribió en su comentario sobre 2 Samuel 23:1-5:
Nosotros, los cristianos, tenemos el sentido y el significado de la Biblia porque tenemos el Nuevo Testamento, es decir, a Jesucristo, que fue prometido en el Antiguo Testamento y que después apareció y trajo consigo la luz y el verdadero sentido de la Escritura… Porque ese es el punto decisivo del que todo depende. Quien no tenga ni quiera tener de manera correcta y verdadera a este Hombre que se llama Jesucristo, el Hijo de Dios, a quien nosotros los cristianos predicamos, que no ponga las manos en la Biblia; eso le aconsejo. Con toda seguridad fracasará. Cuanto más estudie, más ciego y más necio se volverá, sea judío, tártaro, turco, cristiano o como quiera llamarse.4
No es necesario que cada parte del Antiguo Testamento sea profética en el mismo grado. Algunas cosas que dicen los profetas resaltarán como reflectores. Otras apenas proyectarán una sombra tenue. Los aportes de los profetas no son muy distintos de los que hacen los miembros que forman la iglesia, el cuerpo de Cristo. Cada miembro es parte del cuerpo, pero no todos los miembros son ojos u oídos. Algunos miembros cumplen funciones menores, aunque igualmente importantes. El marco en que el Antiguo Testamento sitúa a Cristo tiene muchos ángulos. El engaste tiene muchas caras. El capullo tiene muchos pétalos. La sombra tiene muchos contornos.
Siempre es prudente comenzar con los pasajes que el Nuevo Testamento identifica como cumplimiento de profecías. Estos son los reflectores que sobresalen. Son las luces con las que aprendemos a escudriñar con cuidado el resto del Antiguo Testamento. Las profecías identificadas nos muestran al Espíritu Santo obrando como intérprete. Algo nos llamará la atención de inmediato: la mayoría de las citas tratan de la persona y la obra de Jesús. A veces captamos enseguida la conexión entre la profecía y su cumplimiento. A veces la interpretación del Espíritu Santo no es la que esperaríamos. Esto pone de relieve por qué los profetas tuvieron que escudriñar sus profecías con diligencia.
Las profecías citadas en el Nuevo Testamento abarcan todos los aspectos del Salvador: quién es Jesús, qué vino a hacer, dónde aparecería, cuándo y cómo se llevaría a cabo el plan de Dios, y por qué Jesús es tan importante. Algunos ejemplos lo ilustrarán. Según David, Jesús es a la vez el Señor Dios (Sal 110:1; Mt 22:44) y hombre verdadero (Sal 8:4-6; He 2:6-8); sin embargo, según Isaías, fue sin pecado (53:9; 1 P 2:22). El ministerio de Jesús tendría lugar en Galilea, como había dicho Isaías (9:1-2; Mt 4:15-16).5 Sin embargo, el Salvador aparecería en Jerusalén, según Zacarías (13:7; Mt 26:31). Jesús vino a instruir a la humanidad en los caminos de Dios (Sal 78:2; Mt 13:35), a llevar las enfermedades y dolencias de la gente (Is 53:4; Mt 8:17) y a sanar sus heridas, como predijo Isaías (53:5; 1 P 2:24). Según Zacarías, sus discípulos lo abandonarían (13:7; Mt 26:31) y lo dejarían para ser traspasado por sus enemigos (12:10; Jn 19:37). Colgaría, maldito, de un madero (Dt 21:23; Gá 3:13).6 Aun así, ninguno de los huesos de su cuerpo sería quebrado (Sal 34:20; Jn 19:36),7 ni su cuerpo se corrompería en el sepulcro (Sal 16:10; Hch 2:31). Antes bien, se sentaría en gloria a la diestra de Dios (Sal 110:1; Hch 2:34). La salvación se manifestaría en los postreros días y estaría acompañada de un derramamiento del Espíritu Santo (Jl 2:28-32; Hch 2:17-21). El Espíritu, a su vez, sería derramado por medio de la predicación, según Isaías (61:1-2; Lc 4:18-19). ¿Y por qué este derramamiento? «De este dan testimonio todos los profetas, que todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre» (Hch 10:43).
Una vez agotado el estudio de las profecías que se identifican directamente con Jesús, ocupamos nuestro lugar junto a los profetas, que «inquirieron y diligentemente indagaron acerca de esta salvación, escudriñando qué persona y qué tiempo indicaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos» (1 P 1:10-11). En un trabajo breve solo será posible ofrecer una muestra de lo que puede encontrarse. Usaremos las palabras del segundo artículo del Credo Apostólico, que es un resumen de la doctrina apostólica acerca de Jesús. Junto a las palabras y expresiones del Credo que describen a Jesús, reuniremos los conceptos y temas del Antiguo Testamento que anticiparon la plena verdad del mensaje del Nuevo Testamento.
Creemos en Jesús. Jesús es el nombre especial que Dios escogió para el hijo de María (Lc 1:31).8 Significa «el Señor salva». El Antiguo Testamento es una serie de actos salvadores de parte del Señor: Noé y su familia preservados en el arca (Gn 6–9); la descendencia de Jacob conducida a través del mar Rojo (Ex 14); Israel llevado sobre alas de águila hasta el monte de Dios (Ex 19:4) y hasta la Tierra Prometida como ovejas guiadas por un pastor (Sal 78:52-55); Balaam el hechicero, frustrado en su misión de maldecir al pueblo de Dios (Nm 22–24); Josué en Ajalón, cuando el sol se detuvo (Jos 10), y en su despedida, al recordar los actos salvadores de Dios en el pasado (Jos 24);9 Gedeón venciendo en More con un mero puñado de hombres (Jue 7); Samuel cambiando la suerte de Israel en Ebenezer (1 S 7); David derribando a Goliat (1 S 17); Ester en Purim; Daniel en el foso de los leones (Dn 6); y el remanente de Israel traído de vuelta a Sion en los días de Esdras y Nehemías.
Creemos en Jesús, el Cristo. Cristo significa «ungido». Jesús fue llamado a cumplir todo lo que los ungidos del Antiguo Testamento intentaron hacer, pero no lograron. El sacerdocio de Aarón atendió las necesidades espirituales del pueblo de Dios en Silo durante casi 400 años. Los sacerdotes eran ungidos para ofrecer sacrificios (He 5:1), para distinguir entre lo ceremonialmente limpio y lo inmundo (Lv 10:10) y para enseñar al pueblo (Lv 10:11; Mal 2:7). Sin embargo, los sacerdotes no alcanzaron la norma de perfección de Dios. Los sacerdotes eran pecadores, desde Aarón, que fabricó el becerro de oro (Ex 32:1-6), hasta los hijos de Elí, que profanaron el santuario (1 S 2:12-17, 22, 25).10
Dios ungía reyes para pastorear a la nación (2 S 5:2; 7:7) y para ser guardianes de la verdad de Dios (Dt 17:18-20). Algunos, como David y Salomón, atendieron las necesidades espirituales del pueblo, pero todos tenían pies de barro. El pecado de David con Betsabé y el asesinato de Urías desataron una serie de rebeliones que desgarraron el tejido del reino. Con toda su sabiduría, Salomón no gobernó bien cuando violó las tres prohibiciones establecidas por Moisés (Dt 7:25) y por Josué (Jos 23:7, 12): las que vedaban los matrimonios mixtos, los tratados con los cananeos y la idolatría. Saúl, el primer rey de Israel, se quitó la vida (1 S 31:4). Sedequías, el último rey de Judá, fue cegado después de presenciar la matanza de la descendencia real, mientras Jerusalén y el Templo ardían (2 R 25:7).
Los profetas eran ungidos para decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad (1 R 17:24; 22:16). En los últimos años del Antiguo Testamento, los profetas fueron figuras descollantes. Predicaron el pecado y proclamaron la gracia a fin de evitar que un Israel corrupto e idólatra sufriera las maldiciones de la Ley que tan sobradamente merecía. Sin embargo, los profetas no detuvieron el deslizamiento de Israel hacia la destrucción. El fracaso de estos y de todos los «cristos» del Antiguo Testamento enseñó a Israel a esperar un Cristo mejor que había de venir.
Creemos en Jesucristo, su único Hijo… Hablando en nombre de Dios, el profeta Oseas dijo: «Cuando Israel era muchacho, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo. Cuanto más yo los llamaba, tanto más se alejaban de mí» (Os 11:1-2). El Señor escogió a Israel de entre todas las naciones para demostrar su deseo de incluir al género humano en su familia. Mediante el pacto concertado en el Sinaí, el Padre celestial distinguió a Israel como el primogénito de todas las naciones (Ex 4:22; Jer 31:9).
Esta verdad se renovaba en cada generación mediante el rescate de los primogénitos (Ex 13:11-13). Al salir de Egipto, los primogénitos de las tribus fueron rescatados apartando a un hombre de la tribu de Leví por cada primogénito. Como no había suficientes levitas, algunos primogénitos tuvieron que ser rescatados con cinco siclos de plata (Nm 3:11-13, 41). En las generaciones siguientes se siguió usando dinero para rescatar a los primogénitos.11 Los levitas siguieron siendo el «precio del rescate» durante el resto del Antiguo Testamento. Sus deberes especiales eran ministrar en el altar, quemar los sacrificios y enseñar la ley (Dt 33:8-10). «Primogénito» es también un término que se usa para describir al heredero mesiánico del trono de David (Sal 89:27).
Por fuerte que fuera el concepto del primogénito en el Antiguo Testamento, ni los levitas ni los israelitas podían hacer más que anticipar al único Hijo de Dios. Israel no podía corresponder al amor perfecto de un Padre con un amor perfecto propio. Desde el principio, Israel resultó ser un hijo pródigo. «Nuestros padres en Egipto no entendieron tus maravillas; no se acordaron de la muchedumbre de tus misericordias, sino que se rebelaron junto al mar, el Mar Rojo» (Sal 106:7). Los capítulos iniciales de Jueces nos cuentan cómo una generación tras otra se apartó de la fe. El fracaso del «clero» levítico en Israel se pone de relieve en Jueces 17 al 19. Más tarde, diez de las tribus deshonraron su primogenitura postrándose ante becerros (1 R 12:28-30), algo que sus antepasados ya habían hecho en el monte Sinaí (Ex 32:4, 8). Los reinos de Israel y de Judá resultaron ser excesivamente religiosos. Tenían rituales, sacrificios y dioses en abundancia. Sin embargo, los profetas condenan esta religión engendrada por muchos padres. Se había alejado del pacto del único Padre. Carecía de la caridad paternal. De hecho, cuanto más derramaba el Padre su amor sobre Israel, más se alejaba de él su «hijo» escogido. El Israel descarriado dejó bien claro que los seres humanos pecadores no pueden guardar un pacto con Dios. Esta imposibilidad es el tema de los capítulos iniciales de la carta de Pablo a los Romanos.
Jesucristo, el Hijo unigénito del Padre, fue el único ser humano que cumplió la ley perfectamente (He 4:15; Ro 5:17). Él fue el verdadero primogénito (Ro 8:29) de toda la creación y de toda criatura (Col 1:15-16), así como el primogénito de entre los muertos (Ap 1:5). Por su obra, Jesús crea «la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos» (He 12:23). Mateo (2:15) nos señala cómo el Padre celestial llamó de Egipto a su primogénito y unigénito, así como una vez había llamado a Israel. Este Hijo triunfó donde Israel y los levitas fracasaron. Jesús fue «luz para revelación a los gentiles» y «gloria de tu pueblo Israel» (Lc 2:32).
Continúa en Parte 2 →
Notas
1 En inglés se usa el tiempo futuro del verbo para expresar lo que se anticipa. La gramática hebrea no lo hace. El hebreo opera en su sistema verbal con los conceptos de certeza e incertidumbre. De los dos, la certeza es el vehículo preferido para expresar la profecía.
2 El griego σκιά, «sombra», es la imagen producida por la interrupción de la luz, que da el contorno sin detalles, mientras que el griego σῶμα, «cuerpo», la realidad, es el cuerpo físico.
3 Aquí el término griego para la realidad es εἰκών, la imagen misma, en contraposición a la semejanza.
4 Citado en Oswald & Robbert, Luther as Interpreter of Scripture (Concordia, 1982), p. 121.
5 Isaías anticipa que la luz mesiánica aparecería en la tierra de Zabulón y Neftalí, es decir, en Galilea. Mateo cita a Isaías cuando Jesús se traslada de Nazaret (en Zabulón) a Capernaúm (en Neftalí).
6 También se profetiza la cruz como instrumento de salvación, y no de vergüenza. Moisés levantó una serpiente de bronce en el desierto para salvar a los que morían (Nm 21:8-9). Jesús aplica esto al don de la vida eterna obtenido por su crucifixión (Jn 3:14-15).
7 No se debía quebrar ningún hueso del cordero pascual (Ex 12:46; Nm 9:12).
8 A lo largo de los siglos que precedieron al nacimiento de Jesús, Dios intervino para dar o cambiar nombres, a menudo en relación con acontecimientos clave de la historia de la salvación. El Señor dio nuevos nombres a Abraham, «padre de muchedumbre» (Gn 17:5), a Sara, «princesa [de reyes]» (Gn 17:15), y a Jacob, «el que lucha [con Dios] y vence» (Gn 32:28). Los nombres de muchos creyentes del Antiguo Testamento eran frases breves que constituían testimonios; por ejemplo, Elías: «Mi Dios es el Señor». Un ángel dio al precursor de Jesús el nombre de «Juan», es decir, «Dios es clemente» (Lc 1:13, 60).
9 En su despedida, Josué preguntó a Israel si deseaba guardar el pacto de Dios. Cuando respondieron que sí, Josué les inculcó que el éxito solo vendría por la intervención de Dios. Josué recordó el llamamiento de Abraham, sacado de la idolatría, la huida de Israel de Egipto, el fracaso de Balaam y la conquista de Canaán.
10 La Biblia describe a los líderes con honestidad, algo que rara vez hacían los antiguos líderes de otras naciones. El fracaso de los líderes de Israel ofrece un contraste intencionado con el éxito total de Jesús, el perfecto ungido.
11 Según la Misná, Berakot, viii, 8, esto se hacía el 40.º día después del nacimiento de un varón. Es probable que María y José siguieran esta costumbre al presentar a Jesús, Lc 2:27.

0 Comentarios